MIGUEL ÁNGEL VALENCIA.
LA REALIDAD COMO PROCESO
El arte en sí mismo es una renovación constante que, a veces, se hace desde una óptica de forma interdisciplinar e intermedia y se extiende a los hechos más cotidianos de nuestras vidas. En muchas ocasiones, su función no es en sí la estimulación del sentimiento, sino su propia expresión; y aún más es la expresión de las vivencias que rodean a cualquier artista. Y, a veces, la creación plástica no es ni un símbolo ni un lenguaje, es la vida misma, una articulación que se ensambla en la existencia humana y tiene un alcance vital.
Y esto no es un calificativo ni hueco ni retórico. Al contrario, va más allá de lo formal y alcanza a todo el dinamismo que caracteriza al hombre contemporáneo: sentimiento, movimiento, emoción y vida constituyen ese alcance. Además, lejos de ser algo discursivo, es más bien el reflejo o la esencia de nuestro quehacer diario.
Para ello hemos de acercarnos a la obra de Miguel Ángel Valencia, quien (re)inventa con sus obras el papel del hombre contemporáneo; que hace fluir la mente y enlaza arte y pensamiento. ¿Cómo lo logra? Sobreponiendo un concepto sobre otro, apoderándose del motivo que quiere representar, desarrollándolo e incorporándolo a nuestro mundo, uniendo vida y arte. Construye y reconstruye la realidad y lo hace, como señalaba Alfred Manessier, reconquistando el peso exacto de esa realidad, que no es más que la nuestra[1].

Y lo lleva acabo paso a paso a través de la provocación, el sinsentido y la transgresión para llevar al propio arte a sus límites. Y lo propone porque aún hoy existe la necesidad de abandonar viejos esquemas, confortantes para nuestros ojos, y así habituarlos a mirar la realidad desde otras perspectivas. Miguel Ángel Valencia nos propone ir contra las formas y las formulaciones que el arte ha engendrado. No recurre a los laberintos cargados de moralina ni a metafísicas ajenas a la realidad, sólo nos propone sentir la experiencia real de la propia vida y orientarnos en esta sociedad tan compleja.
Todo un comportamiento cargado de humanismo al (re)crear lo insignificante en acciones, a veces musicales, en obras que nos hagan, todavía a fecha de hoy, reflexionar. Quizá, nos toque esperar a una nueva conexión con los artistas de la idea, con el verdadero internacionalismo, la experimentación, el análisis crítico, el riego y la utopía para ampliar de nuevo otros horizontes, como bien señala Lucy R. Lippard. Una nueva manera de enfrentarnos a nosotros ya que la idea o el proceso de una obra son más importantes que el objeto físico[2]. De momento, el arte está atrapado en esa celda de oro y alejado de la vida misma. Aprendamos, pues.

[1] LASAIGNE, J., «Manessier», en Cimaise, septiembre-octubre, 1962. También aparece reflejada esta reflexión en el libro de HAFTMANN, W., A Malerei im 20 Jahrhundert: eine Bild-Enzyklopädie, Prestel, 1965, p. 474.
[2] LIPPARD, L.R., Seis años: la desmaterialización del objeto artístico de 1966 a 1972, Akal, Madrid, 2004, pp. 15-28.
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