ENRIQUE JIMÉNEZ CARRERO
Enrique Jiménez Carrero, pintor adscrito al complejo mundo del realismo. ha desarrollado un trabajo extremadamente personal en el que siempre se ha enfrentado al problema de la representación. Sus obras se han basado en el nexo fehaciente que existe entre la realidad y la semejanza. Desde los inicios, cuando pintaba paisajes con pinceladas sueltas, ha ido pasado por períodos perfectamente definidos. En el primero, guiado por el interés de plasmar los contornos y volúmenes, trató el color como materia y simplificó el entramado de los cuadros como impronta de ilustrador de libros que compaginó cuando aún se estaba formando en Tenerife y Madrid; un periodo llegó hasta los primeros años de la década de los ochenta. E el segundo, más próximo al mundo onírico y a la apariencia (bajo la cual late un mundo secreto) con una obra más perfilada y con una factura extremadamente cuidada, se extiende hasta la actualidad. Este periodo se caracteriza por la búsqueda incesante de la verdad conjugándola con lo simbólico para recrear un espacio donde la memoria es el nexo que une una realidad de lo soñado con la realidad de la propia vida. En este sentido, cabe acudir al ensayo de Sylvie Rollet, Une esthétique de la trace, donde nos ilustra sobre la ficción y el simulacro[1]: la realidad y la ficción no son categorías excluyentes una de otra, son polos entre los que puede existir una comunicación.
Estas dos etapas determinan ese afán de investigación permanente que ha tenido y ha desembocado en una propuesta personal y a contracorriente de las modas imperantes. Una proposición que ha perseguido la traza exacta de los objetos y de los seres con el fin de aunar los conceptos de identidad y alteridad. Así, Enrique Jiménez Carrero ha seguido al pie de la letra el principio de la valoración irreal de las cosas al considerar que la pintura, bajo la pericia técnica, esconde un doble con una identidad existencial distinta: «…lecito parlare anche di un legame fra il grado di realtà degli individui e il loro grado di descrivibilità, ossia l'ampiezza delle determinazioni concettuali di cui sono suscettibili)» [2].
Y aquí reside la capacidad de ver del artista (o la mirada que trasciende el propio objeto) que hace de la nostalgia un instrumento de reflexión sobre el tiempo, las emociones y el espacio. El pasado personal y las vivencias ancestrales son metáforas que nos amplían las referencias de los elementos que componen cada cuadro. Existe un nuevo sentido del que se entresacan otras posibilidades que nos distancian de la realidad tal como la entendemos. Andrés Aberasturi hablaba al referirse a ello de «habitar viejos paraísos» repletos de emociones y recuerdos, de «laberintos interiores» que se construyen sobre la horizontalidad de los azulejos (siempre presentes), de la «intrahistoria» que nos enfrenta a nuestro pasado. Tal vez, Enrique Jiménez Carrero sólo quiere atrapar en la tela, el papel o la tabla una realidad huidiza y fascinante que le obsesiona, que es tremendamente subjetiva y está cargada de sentimientos y de conceptos. Y en estas superficies inserta sus componentes, fragmentándolos, tergiversándolos y reconstruyendo lugares y personas para presentarnos un cuadro dentro del cuadro.
Su mundo es, pues, atávico y fronterizo; un universo que discurre entre lo real y lo ficticio y requiere de la imaginación del espectador para desprenderse del mundo dado y brindarnos las posibilidad de adentrarnos en la esencia de su pintura: un espacio que nos presenta una nueva objetividad que ha roto previamente, como señalaba Ortega y Gasset en La deshumanización del arte y otros ensayos de estética, con los objetos reales con el fin de dotarlos de significado bien distinto. De esta forma, la ficción nos da otra visión de la realidad[3]. Es una especie de encuentro donde se entrecruzan personajes y hechos que evocan, se transfiguran y, al representarlos, denotan simbólicamente un vínculo entre el cuadro y lo representado que, nosotros espectadores, tenemos que descifrar.
Sus cuadros, siguiendo este argumento, (re)hacen el sentido de las imágenes y le dan un carácter onírico, en el que figuras femeninas tienes de fondo un espacio irreal, como los concibieron los prerrafaelistas; los lapiceros atraviesan paredes o están suspendidos en el vacío y encarnan la expresión de su yo; los espejos y cristales establecen analogía entre la noción de lo que es temporal y la consciencia del artista; las fotografías como recuerdo u olvido con matizaciones, de claro corte proustiano, al querer atrapar el tiempo; los azulejos apuntan directamente a la vanidad ilusoria de las apariencias. Toda una serie de conceptos que tratan de visualizar lo sublime, el placer, la razón, la ensoñación y el desgarro.
[1] ROLLET, S., Une esthétique de la trace, en Positif, núm. 442, diciembre, 1997.
[2] BONOMI, A., La vie del riferimento, Bompiani, Milán, 1975, p. 129: «…es legítimo hablar de vínculo también …
entre el grado de "realidad" y su grado de descriptibilidad, es decir, la amplitud de determinaciones conceptuales
de los cuales son susceptibles».
[3] HAMBURGER, K., Logique des genres littéraires, Seuil, París, 1986, pp. 29 y ss.
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